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Evitemos una peor catástrofe en América Latina

J.G. Santiago

 

 

    Cuando recorríamos las secciones de opinión del diario La Hora de Guatemala -un diario con una verdadera tradición democrática-  nos llamó la atención el artículo del Sr. Oscar Clemente Marroquín titulado "¿Por qué no hacen algo para ayudar a la gente pobre?".  Esta fue la pregunta de su nieto de cinco años, que vive en los Estados Unidos, "ante la inmensidad del asentamiento humano en la ladera de la montaña donde viven miles de personas en condiciones absolutamente precarias."  Cerca del final de su artículo, el Sr. Marroquín -un excelente periodista, por cierto- escribió con toda franqueza que "lo triste y lamentable es que nosotros, los viejos, no tengamos la respuesta que pueda aplacar esa angustia que refleja su pregunta."

    Hace algunos días recomendamos a nuestros lectores el Reporte de las Naciones Unidas sobre el Estado de la Población Mundial 2000. Lo hicimos porque sinceramente creemos en las observaciones y recomendaciones del mismo:   

 

    "Los datos demográficos y económicos sobre 45 países en desarrollo en períodos largos muestran que una alta tasa de fecundidad acrecienta la pobreza al frenar el crecimiento económico y distorsionar la distribución del consumo en perjuicio de los pobres.  Al posibilitar que las mujeres tengan familias más pequeñas – reduciendo la mortalidad, aumentando la educación y mejorando el acceso a los servicios de salud reproductiva y planificación de la familia – se contrarrestan aquellos dos efectos. Los efectos sobre la reducción de la pobreza en los países se ponen en evidencia a juzgar por el aumento del producto interno bruto (PIB) medio y la variación en el consumo. La incidencia media de la pobreza en 1980 era del 18,8%, o aproximadamente una de cada cinco personas. Si durante el decenio de 1980 todos los países hubieran reducido la tasa neta de fecundidad en 5 por 1.000, como lo hicieron muchos países asiáticos, se habría reducido la incidencia de la pobreza hasta 12,6%, o una de cada ocho personas. Las familias más pequeñas tienen menores gastos y mayores oportunidades de acrecentar su ingreso y sus ahorros, lo cual conduce a un mayor consumo. La mitad del adelanto en el crecimiento económico atribuible a la población es resultado de aprovechar la “oportunidad demográfica” y la otra mitad, es consecuencia de desplazar el consumo económico hacia los pobres. Los efectos pueden ser considerables. Por ejemplo, una disminución de 4 por 1.000 en la tasa neta de natalidad se traduciría en el próximo decenio en una reducción en 2,4% del número de personas que viven en la pobreza absoluta."

   Posiblemente no tengamos en la mano una solución a corto plazo para aniquilar la pobreza de los países en desarrollo, pero las recomendaciones de las Naciones Unidas ofrecen una verdadera esperanza.  El obstáculo más grande es de carácter moral y religioso.   Muchos de los líderes de América Latina se resisten a contradecir las convicciones éticas predominantes en esa región y tratan desesperadamente de buscar soluciones diferentes al control de la natalidad.  Si no presentan soluciones alternas a las que hemos escuchado por años, la catástrofe humana en América Latina será incalculable.  Sólo tienen que viajar a Haiti para visualizar el futuro.

 

  

 

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