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Pena de muerte
a la democracia
J. G.
Santiago
Publicado
originalmente en el diario La Hora, Guatemala
Como
resultado de la discusión sobre el tema candente de la pena de muerte se
está hablando mucho sobre los valores que deben guiar a las democracias y si
éstas tienen o no el derecho a establecerlos. Hay quienes aseveran “que
ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear,
modificar o destruir los valores derivados de la verdad del ser humano sino
que deben sólo reconocerlos, respetarlos y promoverlos”. Quienes eso afirman
nos están tratando de vender una especie de determinismo ético donde se
obligaría a los pueblos a utilizar los valores que fueron definidos por
otras generaciones y culturas. Al eliminar las libertades básicas y el
derecho a la auto determinación, están condenando a muerte a la democracia,
aunque pretenden salvarla. “La democracia -nos dice en forma muy sencilla el
diccionario Larousse- es un gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía”.
Cuando el sistema ético de la democracia lo define una autoridad que no sea
el pueblo por medio de sus representantes, el sistema de gobierno será
cualquier otra cosa menos democracia.
La mayoría
de sistemas democráticos han sido flexibles en aceptar que líderes de
instituciones no democráticas disfruten de los derechos y libertades
democráticas. Sin embargo, no podemos ser tan ingenuos e ignorar que algunas
de esas instituciones aún aspiran a imponer sus principios y sistemas
filosóficos a las comunidades que les han abierto las puertas. ¿Qué recursos
no violentos tienen para controlar la conducta de los individuos que viven
bajo sistemas democráticos? Uno de ellos es convencerles de que no tienen la
capacidad y el derecho de auto regularse. Al igual que Platón le negaba al
ser humano la capacidad de apreciar la verdadera esencia y origen de la
realidad, las instituciones no democráticas intentan imponernos su propio
sistema ético y filosófico con el argumento de que “los individuos, mayorías
y Estados son tan incapaces y limitados que no tienen derecho a definir sus
propios valores.”
El
argumento es tan platónico como peligroso, porque no podemos olvidar que
todo sistema político está basado en un sistema ético, y por lo tanto en un
sistema epistemológico y metafísico, y al dejarnos imponer un sistema
filosófico, nos dejamos imponer una visión integrada de la vida que
posiblemente no sea la que nos satisface y conviene como individuos y
sociedad. Pero lo más triste es que nos exponemos a perder la libertad de
pensamiento, de expresión y libre determinación. ¿No es ese el verdadero
fundamento de la democracia?
Los graves problemas de las democracias, al igual que otros sistemas de
gobierno, suelen ser de ejecución y control, pero eso de ninguna manera
justifica el colonialismo ideológico y la pena de muerte a la democracia.
Significa solamente que debemos ejecutar y controlar mejor y, en último caso,
elegir mejores representantes.
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